MISMAS PALABRAS, IDIOMAS DISTINTOS

El silencio es el mayor aliado para escuchar al otro; el corazón y la razón, los mejores altavoces. 

El paradigma de cualquier relación personal, independientemente de la índole o el grado de compromiso entre las partes, es conseguir una buena comunicación. Y parece que el éxito es inversamente proporcional al grado de intimidad compartida, cuando debería ser justamente todo lo contrario, es decir, cuanto más conocemos a una persona más fácil debería ser entenderse con ella.

Podríamos poner innumerables ejemplos que a todos nos ocurre diariamente en nuestra vida, bien con nuestra esposa o esposo, hijos, algún familiar, amigo, compañero de trabajo, vecino, etc. Por tanto, tener la capacidad de interactuar con los demás es importante, por no decir vital para desenvolvernos en nuestro día a día.

PAUTAS PARA EL EMISOR.

La creación de un entorno favorable, no del momento, porque nunca parece ser el mejor, pero sí es bueno fijarlo en el tiempo evitando el atraco a mano armada. Es fundamental, a veces, hacer una lectura u observación del estado exterior en el que se encuentra el otro, porque la acogida, a modo de respuesta, de nuestro mensaje está determinado por dicho estado. Es decir, puede que nuestras expectativas se vean mermadas o eliminadas por la respuesta inesperada del otro, dando pie al rechazo y la frustración.

El binomio dicotómico urgente-importante. Parte de esa respuesta que necesitamos obtener ante la preocupación que tengamos va en función del grado de tranquilidad que manifestemos a la hora de transmitir nuestro mensaje. Debemos saber que lo urgente es aquello que debe hacerse en el momento, puesto que no se podría llevar a cabo en otro; y lo importante puede esperar, es más, debe esperar más aún si cabe.

Una analogía interesante, continuando con este tema de la urgencia y/o la importancia, es la de tomar el rol de explosión descontrolada. Hay que tener en cuenta que cuando uno explota, lo que quedan son las cenizas y los escombros, por lo que su reconstrucción es más costosa y compleja. Debemos dirigir nuestra vida siendo previsores en nuestra convivencia con el otro, cuidando así el paraje natural de la comunicación.

Pedir, no exigir. Como la vida nos acelera, nos convertimos en personas autoritarias con licencias de exigir, de dar órdenes e incluso de poder quejarnos. Y es curioso porque, aunque no hemos incidido sobre lo que debe impregnar toda relación en mayor o menor medida, el amor tiene que estar presente siempre y más en el matrimonio. Por todo ello, hemos de ser pedigüeños y no dictadores. Si nos paramos a pensar un segundo en nuestra disponibilidad ante la adversidad del otro, es exponencial si éste nos pide ayuda y, al contrario, si nos la exige.

PAUTAS PARA EL MENSAJE.

Uso de palabras estáticas. Evitemos los atributos bueno, malo, mejor o peor…, como diría Rosenberg, son palabras estáticas, que anclan de manera juiciosa al pasado de la persona a la que van dirigidas.

La bondad o la maldad de una persona no deben quedar marcadas en un instante histórico concreto. El hombre es un ser perfectible desde que nace hasta que fallece. Por tanto, hemos de ver a los demás como procesos y no como momentos en el tiempo. Hay que brindar al otro la oportunidad de poder reconducir su vida de cambiar. Nuestro tiempo es lineal, un instante sucede a otro, por tanto, nuestro coexistir es una sucesión de momentos donde siempre nos queda una libertad de elegir nuestra respuesta o pregunta.

Sin embargo, existen un par de palabras que formuladas en la pregunta: “¿cómo estás?”, hacen que la persona a la que va dirigida se pare, desacelere y se haga un chequeo de su estado interior. En cierta medida es una forma de cuidar este entorno del que hablamos. Con esta pregunta brindamos la oportunidad de parar el tiempo para que haya un intercambio de intimidad propio de cualquier relación.

Tú, yo, nosotros. Esta correlación de pronombres personales entra en juego en toda conversación que se preste, porque cuando decimos tú… implica un yo y, por tanto, un nosotros, un lo nuestro. Este concepto hemos de somatizarlo siempre que queramos dirigirnos al otro, ya que nos sirve de temple a la hora de ordenar y utilizar las mejores y más prudentes palabras en nuestro mensaje. Es una forma de ser emisor y oyente al mismo tiempo y adelantarse a las posibilidades de acogida y respuesta que nuestro mensaje produce en el otro.

PAUTAS PARA EL OYENTE.

Oír (el sonido de fondo), escuchar (la radio mientras estoy en otra cosa) atender (la explicación que me interesará o no) y empatizar (te oigo, escucho, atiendo e intento sentir lo que sientes, para ponerme en tu lugar y ser capaz de entender y sentir tu inquietud como si fuera la mía, a modo de termómetro interno del otro, es muy difícil y requiere mucha práctica).

Los sentimientos marcan las necesidades. Éste es el motivo determinante que hace que la comunicación sea eficaz. En caso contrario será la razón de la que emanan el 90% de los conflictos en una relación. Los sentimientos (alegría, tristeza o rabia) son manifestaciones de las distintas necesidades de cada uno. En función de la capacidad de acoger al otro seremos capaces de satisfacer sus necesidades. La empatía es la herramienta facilitadora de ese acogimiento, incluso acompañamiento del otro. Se entiende como la habilidad de descalzarse de nuestros zapatos para ponerse los zapatos del otro.

No obstante, me gustaría resaltar, a modo de examen personal auditivo, los tipos de empatía según Goleman. En primer lugar, se encuentra la empatía cognitiva, que es aquella que hace que seamos capaces de imaginar por lo que está pasando la otra persona (emisor); en un segundo plano más elevado está la empatía emocional, por la cual no solo imaginamos lo que está pasando el otro, sino que además nos afecta; y por último, en la cima aparece la preocupación empática, donde como oyentes entendemos la necesidad del otro, nos afecta y nos anima a formar parte de la solución de dicha necesidad.

Escucha en blanco. Eliminar prejuicios abrazando la experiencia ajena para incluirla como propia y crecer juntos. Un matiz a tener en cuenta es que en la comunicación todo es importante, pero lo que más nos cuesta, escuchar, es sin lugar a dudas lo que marca la diferencia. No se trata de ser el oyente fiel, sino de ser capaz de escuchar con los 5 sentidos, con la cabeza y con el corazón, ¡empatizar! Antes de contestar conviene pensar ¿por qué ha elegido este momento y no otro para decirme lo que me tiene que decir, de la manera en que me lo está diciendo?

Finalmente, como diría el niño presidente, “hemos nacido para ser impresionantes”, no seamos escrupulosos con los errores, hay una gran herramienta llamada perdón que debe de ir acompañada de tiempo. En cierta medida, somos lo que proyectamos y los demás reflejan lo que somos en un mayor o menor grado. Hemos de evitar el desgaste cambiando el enfoque en la mejora del otro por mi propia mejora. No ver el conflicto como una batalla sino como una oportunidad de trabajo en equipo.

Daniel Danta

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MUCHAS BODAS Y POCOS HIJOS

Tener un hijo nunca viene bien, y cuanto antes lo aceptemos, mejor.

Las ganas locas por casarse no coinciden, en ocasiones, con las ganas locas por tener hijos. El noviazgo, entendido como la antesala del matrimonio, cada vez tiene un sentido más diluido, dejando de ser la etapa en la que se toman decisiones previas que marcarán de manera significativa el famoso “sí, quiero” y todo lo que venga después.

Los novios tienen claro que se quieren, que quieren ser el uno para el otro, que quieren estar toda la vida juntos y están deseosos por dar el paso de la boda. En lo que se refiere a él y a ella, todo es maravilloso, irradian felicidad por doquier, hacen buena pareja, han congeniado a la perfección, están muy a gusto juntos, se les pasa el tiempo volando, y ambos tienen claro que “yo soy para ti” y “tú eres para mí” porque “no concebimos la vida el uno sin el otro”.

Se piensa que todo lo que rodea a una vida entre dos personas es relativamente fácil. “Nos conocemos desde hace años”, “ya sabemos nuestros gustos y aficiones”, “hemos tenido nuestros roces, pero bueno, como todos”, y “en el fondo y en la forma nos queremos un montón”. Aunque esto forma parte de tener una relación especial con una persona, es interesante saber que esos gustos, aficiones e incluso nuestra forma de discutir pueden cambiar con el paso de los años. El hombre es un ser perfectible y, por ello, no somos los mismos con 19, 24 o 37 años. Ni mejores ni peores, distintos, y hay que tenerlo en cuenta.

El caso es que cuando los novios deciden casarse, siguen tan extasiados el uno con el otro que, en ocasiones, se pueden olvidar de unos de los propósitos por el que están juntos, y es para formar una familia. Teniendo en cuenta este contexto, planteamos, a continuación, una serie de posibles razones o excusas, según como se mire, por las que algunos novios que deciden casarse pueden posponer la llegada de los hijos:

  • Primero, nosotros.¿Cómo vamos a tener hijos nada más casarnos si ni siquiera hemos convivido? Primero lo vamos a pasar de lujo, vamos a disfrutar de nuestra convivencia, a viajar, a salir y a entrar con amigos, a gozar del tiempo juntos, que luego con la llegada de los hijos esto se nos acaba. Total, tampoco no se nos ha pasado el arroz…
  • ¿En nuestro mejor momento profesional? Es que renunciamos a nuestra carrera profesional por tener un hijo… ¿Ahora que empezábamos a crecer dentro de la empresa nos vamos a complicar la vida teniendo un hijo que va a reclamar toda nuestra atención y la mayor parte de nuestro tiempo? Mientras seamos jóvenes hay que aprovechar las oportunidades que nos brinda la vida, que luego se esfuman.
  • ¿En nuestro peor momento profesional?No tenemos un duro y vivimos casi de nuestros padres. Sólo uno de los dos tiene trabajo y las cosas no están siendo fáciles. El sueldo tampoco es que nos dé para mucho, hacemos lo que podemos y llegamos hasta donde queremos (cerveza, fútbol y vida social). Es demasiado arriesgado ajustarnos más el cinturón.
  • La casa a medio terminar. Antes hay que terminar con la casa. Quedan muchas cosas por hacer, hay varios muebles sin comprar y requieren de una gran inversión monetaria. Lo que no hagamos ahora, con un hijo siempre hay menos posibilidades y no queremos estar sin cortinas toda la vida.
  • Cuestión de madurez. No sabemos si seremos capaces de encargarnos de otra persona. Los hijos son de por vida, es una decisión importante que nos compromete más si cabe y no estamos preparados. No nos vemos ejerciendo como padres, es una responsabilidad que nos viene grande.
  • […]

Podríamos seguir dando razones, porque hay tantas como personas en el mundo. Cada cual elige la que más le conviene. Lo cierto es que tener un hijo nunca viene bien, y cuanto antes lo aceptemos, mejor.

Los tiempos están cambiando. Antes, el “ser padres” se pensaba menos y los matrimonios se tiraban más de la moto incluso con menos medios que actualmente. A día de hoy, se piensa en exceso, hasta el punto de tenerlo todo más que medido, y se busca el mejor momento, en el mejor lugar, con la mejor persona y a la mejor hora.

Hay matrimonios que antes de la llegada de su primer hijo se dan uno o dos años sabáticos (según la Real Academia Española, año de licencia con sueldo que algunas instituciones docentes e investigadoras conceden a su personal cada cierto tiempo). ¿O sería mejor hablar de “excedencias procreadoras mediante anticonceptivos”, evitando así la llegada del primogénit@? Que cada cual elija el término que más le agrade.

Resumiendo, casarse es una decisión que cambia la vida en una tonalidad de grises y tener hijos te la cambia del blanco al negro, aunque tenemos 40 semanas de embarazo para ir asimilándolo, y parecen pocas. Ambas decisiones exigen el desprendimiento de la propia existencia, hasta el punto de entender lo egoístas que hemos sido y somos a veces, e incluso la necesidad de la ayuda divina cuando toda ayuda humana parece poca. Entonces, nos terminamos dando cuenta de que la felicidad está en servir a los nuestros, anteponiendo sus necesidades al amor propio.

¡Enhorabuena!, acabáis de subir un escalón en vuestra propia madurez personal.

Carmen Cáceres y Daniel Danta

NOS ENCONTRAMOS EN LA CALLE

¿A quién quieres más: a tu marido o a tus hij@s? “A mis hij@s porque son carne de mis carnes; a mi marido me lo encontré en la calle”.

Hace años aprendí en clase de Matemáticas que el orden de los factores no alteraba el producto, pero en el caso que nos ocupa me atrevería a afirmar que “el orden de los factores sí lo altera”. Igual que la propia naturaleza humana tiene un orden: nacemos, crecemos, discutimos, nos reproducimos (o no) y morimos; el amor también.

Tanto el marido, nos guste más o menos, como la mujer, deben ser lo primero en la relación matrimonial, ya que ambos se han elegido entre millones de personas en el mundo, consecuencia de una decisión plenamente libre. Y vamos más allá: los hijos son fruto probable de esa decisión que tomaron de amarse de manera recíproca.

Por ello, los hijos son resultado del amor de los esposos o, al menos, debería de ser así. Sin embargo, no es cuestión de cronología (quién llegó primero), que también, sino que amando al otro, se ama también a los hijos. Al amar al espos@ se enseña mediante el ejemplo a amar al padre y a la madre, reforzando así la relación paterna/materna-filial. Es fundamental que los hijos tengan una estabilidad y seguridad emocional en el seno familiar para poder crecer sobre el terreno firme que proporciona el amor conyugal.

El amor es un acto libre, de voluntad y guiado por la razón desde nuestro interior hacia el exterior, hacia un tercero. Por tanto, cuanto más amamos a los demás, mayor capacidad tendremos para albergar y discernir los distintos amores (divino, de amistad, conyugal, de filiación, de fraternidad y carnal) ordenados siempre a dignificarnos como persona.

Entender esto resulta clave para el éxito matrimonial. El amor conyugal no se debe confundir con otros amores, aunque también los contemple, ni reducirlo a simples sentimentalismos o enamoramientos de momentos co-biográficos pasados, que supuestamente fueron mejores, y hacer de ellos cimientos de la relación familiar.

Los esposos se querrán el uno al otro porque les da la gana y porque les da la gana se querrán, pase lo que pase. Los esposos encontrarán, de esta manera, el sentido de su amor mutuo en los múltiples y variados retos que la propia vida les propone diariamente, donde aprenderán a buscarse como apoyo y ayuda siendo solo uno. Los hijos ocuparán el lugar que les corresponde, no un segundo plano, sino un lugar distinto, el amor de hijos. No por ser “carne de mis carnes” han de tener ventajas afectivas respecto de aquel que “conociste en la calle”. Con el de la calle podrás pasar toda la vida, mientras el que es “carne de tus carnes” posiblemente terminará formando parte de la vida de otro alguien al que también conocerá en la calle; es parte del orden natural.

Por tanto, los hijos cobran sentido si los esposos se entregan y, precisamente, esos hijos, con el paso de los años, agradecerán que sus padres se quisieran, se quieran y se sigan queriendo por encima de todo, cuidando de su amor conyugal, porque de ahí será de donde aprendan a amar no solo a los demás, sino también a su futuro cónyuge, por ese amor que presenciaron, presencian y presenciarán en sus padres. Lo que nos lleva a afirmar que la familia es y será siempre la primera escuela de amor.

Daniel Danta